La suspicacia es una moneda de cambio común en la agenda política; por sobre los hechos, se trata siempre de superponer suposiciones, rumores y lecturas entre líneas. Tanto opinión pública, como la misma clase política, basan muchas de sus percepciones en lo que se considera está detrás de hechos, declaraciones o acciones. Parece un vicio inevitable y necesario para entender la vida política; pero cuando hay elementos para que se disparen los rumores es prácticamente imposible no verlos con ojos de legítima sospecha. Lo que ha sucedido con el Secretario de Gobernación Blake Mora es terriblemente trágico, y también, sustancialmente significativo.
No es posible ausentarnos del temible simbolismo que encierra, de observar a la titularidad de esa dependencia como un punto de fatalidad que mucho habrá de decirnos sobre los tiempos que vienen en el futuro nacional. Luego de la también trágica muerte de Juan Camilo Mouriño, se vaticinó la descomposición del régimen, su pérdida de rumbo, la debilidad de las instituciones. Hoy estamos de nuevo ante un panorama de luto, con el mismo temor y la misma incertidumbre, bajo el mismo esquema de sospecha que no puede ser acallada con nubosas argumentaciones técnicas. Se trata de eventos políticos de la mayor trascendencia y deben ser entendidos y explicados desde esa esfera.
Será muy difícil que ahora la ciudadanía pueda creer en que se ha tratado de un accidente, ya en el caso anterior, el de Mouriño, quedaron abiertas una gran cantidad de sospechas, aunque se haya llevado todo hasta un punto en el que no se permitió ni quedó abierto el debate; pero la sospecha hoy se aviva. Convencernos ahora de las fatales casualidades parece poco menos que imposible, pero lo realmente importante no es la discusión, sino los hechos, cuáles serán los efectos de este nuevo golpe al régimen, en dónde veremos que pesa este luto sin perder el vista el contexto, el año electoral que viene, las definiciones de candidatos.
Hoy más que nunca se vale sospechar, porque la casualidad no es la respuesta más precia, porque hay mucho que entender e interpretar y porque sobre todo, lo que necesitamos es saber qué sigue. Para entender de una manera más clara las implicaciones de estos hechos trágicos, vale la pena reflexionar sobre qué significa la figura del Secretario de Gobernación en nuestra estructura de gobierno: en primera instancia, es considerado como el segundo de a bordo de un país, el brazo ejecutivo de la cabeza presidencial, y de manera muy concreta, el encargado de la política interna de nuestra Nación. Es decir, él es la voz con la que interaccionan todos los actores políticos, sociales y económicos del país, a través de él se allegan a la Presidencia los asuntos nacionales de mayor trascendencia, es la mano activa, por decirlo de alguna forma.
Si vemos esto, podemos entender de manera más clara lo que significa perder a un personaje de esta naturaleza, y más en las circunstancias en las que se ha dado. Y si añadimos a esto la dimensión personal que tienen ambas pérdidas para el propio Presidente, nos encontramos con que ha perdido a dos de sus más altos funcionarios, y peor aun, a dos de sus más cercanos amigos. El golpe es institucional, político, y personal. Los ciudadanos tenemos hoy toda la validez de las sospechas, estamos obligados a exigir la transparencia, a que se nos claramente cuáles son los intereses de los que dependen la seguridad de nuestros altos funcionarios, sobre qué condiciones se está gobernando. Los funcionarios son personas, es terrible que vivan sus familias y allegados estas tragedias; pero también son personajes de quienes dependen la estabilidad de la vida pública, y en esa medida somos los ciudadanos quienes tenemos que exigir que se esclarezcan las condiciones. Desde este espacio, por supuesto, nos unimos a las condolencias.



